Más allá de las medallas: Lucas Castillo y el camino que lo llevó hasta Yale

Más allá de las medallas: Lucas Castillo y el camino que lo llevó hasta Yale

¿Qué hay detrás de un joven de 18 años que ha representado a Panamá en competencias internacionales de robótica y que ahora está a punto de comenzar sus estudios en Yale?

La respuesta de Lucas Castillo de Gracia no comienza en Yale.

Comienza en Panamá, cuando tenía seis o siete años y descubrió la robótica.

Era 2015. Ese año se realizaron las primeras Olimpiadas Nacionales de Robótica en el país. Lucas participó y, desde entonces, aquella curiosidad de niño se convirtió en una pasión.

Con el paso de los años, la robótica también se transformó en una escuela de vida. Le enseñó disciplina, estrategia, paciencia y trabajo en equipo.

Lucas ha competido prácticamente todos los años desde entonces. Ha ganado cinco competencias nacionales y, en 2025, alcanzó uno de los mayores logros de su trayectoria: ganó una competencia mundial representando a Panamá.

Sin embargo, detrás de los títulos existe una historia mucho más humana.

Es la historia de un joven que también tuvo frustraciones, dudas y momentos en los que quiso abandonar. Pero, sobre todo, es la historia de alguien que aprendió a levantarse y continuar.

En ese camino tuvo un papel importante FUNDASTEAM, organización que impulsa en Panamá la educación en ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas. A través de sus programas y competencias, niños y jóvenes encuentran espacios para desarrollar habilidades, descubrir talentos y enfrentarse a nuevos desafíos.

11 años entre robots, competencias y aprendizaje

¿Qué encontraste en la robótica para quedarte durante 11 años?

“Yo empecé cuando tenía seis o siete años. En 2015 fueron las primeras Olimpiadas Nacionales de Robótica en Panamá y ese fue el primer año en el que competí. Desde entonces he competido casi cada año.

Creo que lo que más me atrapó no fue solamente construir o programar un robot. Con los años fui entendiendo que lo que realmente me gustaba era todo el proceso: formar una estrategia, tener una visión, hacer un plan, programar, trabajar con un equipo y tratar de llegar a una meta.

Eso fue lo que me mantuvo durante tantos años.

Y aunque muchas veces me cansé de la robótica o pensé que ya no quería competir, cuando miro hacia atrás entiendo que todo ese proceso me estaba formando también como persona. Me estaba enseñando disciplina, estrategia, paciencia y a trabajar para conseguir algo que no necesariamente iba a salir bien a la primera”.

Cuando ganar no era suficiente

Las competencias también le enseñaron que el esfuerzo no siempre termina con el resultado esperado.

¿Hubo algún momento en el que realmente pensaste en abandonar?

“Sí. Creo que todos los años hubo algún momento en el que pensaba: ‘Ya no quiero competir más, me harté de esto’. Estas competencias generan mucho estrés y no son fáciles.

Cuando vas a una competencia nacional o mundial estás bajo una presión muy fuerte. Tus padres, tu familia, tus amigos y tus coaches no están ahí contigo. Estás con tus compañeros y, básicamente, tienes que enfrentarte al reto.

En 2023 tuve uno de los momentos que más me afectó. Había ganado la competencia nacional y quería quedar entre los diez primeros del mundo. En un momento llegué a estar en el octavo lugar, pero en la última ronda pasé del octavo al puesto 27.

Sé que quedar 27 en un mundial no es un mal resultado. Pero para mí fue muy doloroso porque había entrenado todo el año con una meta específica. Yo quería estar entre los diez mejores y sentí que había fallado.

En ese momento pensé: ‘Ya no quiero competir más’.

Pero también sentí que tenía que continuar, aunque fuera simplemente para demostrarme a mí mismo que podía seguir adelante”.

Aquella experiencia terminó convirtiéndose en una de sus mayores lecciones.

¿Qué aprendiste de esa derrota que quizás no hubieras aprendido ganando?

“Aprendí que no siempre vas a obtener el resultado que quieres, aunque hayas trabajado muchísimo para conseguirlo.

También entendí que una competencia no define todo lo que eres ni todo lo que has aprendido. El resultado es solamente una parte.

Yo podía quedarme pensando en que había pasado del octavo al puesto 27, o podía mirar todo lo que había aprendido durante ese año y utilizarlo para volver a competir.

Y creo que esa es una de las cosas que más ha cambiado en mí. Antes un resultado malo podía afectarme mucho más. Ahora sigo sintiendo la presión, obviamente, porque me importa lo que hago, pero tengo más confianza en que puedo enfrentar lo que venga”.

Aprender a manejar la presión

En una competencia de robótica, los participantes tienen poco tiempo para resolver problemas, tomar decisiones y conseguir que todo funcione.

Para Lucas, aprender a manejar esa presión ha sido parte fundamental del proceso.

En una competencia tienes minutos para resolver problemas, tomar decisiones y hacer que todo funcione. ¿Qué pasa tu cabeza en ese momento?

“Hay algo que los deportistas llaman ‘estar en la zona’. Es como entrar en un estado en el que estás completamente concentrado en lo que tienes que hacer.

Antes de una competencia sí hay nervios y estrés. Es imposible no sentirlos. Pero cuando comienza, no puedo quedarme pensando en el miedo o en lo que podría salir mal.

Tengo que trabajar.

En ese momento solamente pienso en resolver los problemas que tengo enfrente, terminar el reto y tratar de ganar. No tengo tiempo para pensar demasiado en el estrés.

Con los años también aprendí que el estrés no necesariamente es algo malo. Significa que te importa y que quieres hacerlo bien. Lo importante es aprender a manejarlo para que no te paralice”.

Con los años, esa relación con la presión también cambió.

“Antes estaba tan concentrado que, ejemplo, me costaba hasta comer durante las competencias. Podía estar todo el día ahí y aunque tuviera la comida conmigo, simplemente no podía desconectarme del robot.

Ahora todavía siento presión, pero estoy mucho más tranquilo.

Puedo comer, puedo estar ahí y puedo competir con la seguridad de que tengo las habilidades para hacerlo. No significa que ya no me pongo nervioso. Significa que ahora confío más en mí mismo.

Creo que esa confianza es una de las cosas más importantes que he desarrollado en estos años”.

La robótica no fue todo

A pesar de la exigencia de las competencias, Lucas nunca quiso que la robótica ocupara todos los espacios de su vida.

¿Y qué pasó con Lucas, el adolescente que también quería salir, divertirse y compartir con sus amigos?

“Yo nunca pensé que tenía que limitarme socialmente para poder tener éxito.

Si me invitaban a un quinceaños, iba. Si quería compartir con mis amigos, lo hacía. También leo mucho, veo series, películas y tengo otros intereses.

Creo que un joven no debería pensar que para ser exitoso tiene que dejar de vivir.

Hay tiempo para estudiar, para competir, para trabajar tus metas, pero también hay tiempo para ser joven, para divertirte y para construir relaciones con otras personas.

Tus amigos también son importantes. No sabes cómo esas personas que conoces durante tu adolescencia pueden ayudarte en el futuro.

Para mí, el equilibrio ha sido importante. La robótica es una parte de quién soy, pero no es todo lo que soy”.

FUNDASTEAM y las oportunidades para los jóvenes

Para Lucas, las oportunidades de formación STEAM fueron determinantes.

¿Qué significaron para ti las oportunidades de formación STEAM y tu experiencia en FUNDASTEAM?

“Han significado muchísimo.

Desde 2015 he visto cómo ha evolucionado la robótica en Panamá. He visto personas desarrollar habilidades de una manera que realmente me sorprende y he visto cómo cada año el nivel va mejorando.

Creo que Panamá tiene muchísimo talento.

Las oportunidades de formación y las competencias te permiten descubrir capacidades que quizás no sabías que tenías. En mi caso, la experiencia dentro de FUNDASTEAM y las Olimpiadas de Robótica me permitió crecer no solamente en la parte técnica, sino también en la manera de pensar, de resolver problemas y de trabajar con otras personas.

Las competencias te obligan a desarrollar habilidades que van más allá de programar un robot. Aprendes a resolver problemas, trabajar en equipo, tomar decisiones bajo presión y tener una meta”.

Por eso, su recomendación para otros jóvenes es sencilla: participar.

“Yo les diría a los jóvenes que compitan. Que no se limiten.

Puede que sea estresante y que requiera mucho trabajo antes de llegar a una competencia, pero cuando terminas, te das cuenta de que fue una experiencia que necesitabas vivir.

Incluso si después decides que no quieres volver a competir, ya tienes una experiencia que nunca vas a olvidar.

Y muchas veces ocurre lo contrario: compites una vez y después quieres volver”.

La confianza que llegó con los años

Después de más de una década de competencias, Lucas reconoce que uno de sus mayores cambios no está en sus conocimientos técnicos.

Está en su manera de enfrentarse a los problemas.

¿Después de tantos años, qué cambió realmente en ti?

“He tenido muchos procesos de mejora continua en mi carácter.

Antes me estresaba mucho más. Y aunque sigo pensando que es normal sentir estrés, porque todos lo sentimos, aprendí a trabajar con él.

Hubo momentos en los que ese estrés me desmotivaba y me hacía sentir que no quería continuar. Ahora puedo reconocerlo y seguir adelante.

También creo que aprendí a confiar mucho más en mis capacidades.

Antes podía pensar: ‘¿Será que puedo hacer esto?’.

Ahora pienso: ‘Tengo las herramientas para intentarlo’.

Y esa diferencia es enorme”.

El próximo desafío: Yale

Ahora Lucas está a punto de comenzar una nueva etapa.

Después de representar a Panamá en competencias internacionales de robótica, estudiar y superar momentos difíciles, su próximo destino será Yale.

¿Qué significa para ti irte a Yale?

“Estoy muy agradecido la oportunidad. Mi familia está muy orgullosa y yo también quiero agradecer a todas las personas que me han ayudado durante este camino: mi familia, mis compañeros, mis profesores y mis coaches.

Pero no quiero ir a Yale solamente para conseguir un título.

Quiero aprender, desarrollar mis habilidades y aprovechar todo lo que pueda encontrar allá.

Y algún día quiero regresar y devolverle a Panamá parte de todo lo que he recibido”.

¿Por qué no estudiar robótica o Ciencias Computacionales?

Podría parecer lógico que un joven con 11 años de experiencia en robótica eligiera una carrera directamente relacionada con esa área.

Sin embargo, Lucas tomó otra decisión.

¿Por qué no estudiar robótica, ingeniería o Ciencias Computacionales si esa ha sido tu historia durante tantos años?

“Yo era el programador del equipo y probablemente mucha gente pensaría que ese sería el camino natural para mí.

Pero creo que la tecnología cambia muy rápido. A veces los currículos de las universidades toman más tiempo en adaptarse que la propia tecnología.

Por eso decidí apostar conocimientos que siempre van a ser útiles, como las matemáticas, la estadística y el pensamiento lógico.

Puedes enseñarle a un matemático a programar, pero enseñar matemáticas complejas a alguien que no tiene esa base puede ser mucho más difícil.

Quiero tener una formación que me permita adaptarme a lo que venga”.

Un sueño que también mira hacia Panamá

Lucas todavía no tiene definido qué hará cuando termine sus estudios.

Sin embargo, sí tiene claro hacia dónde quiere aportar.

¿Y qué quieres hacer cuando regreses a Panamá?

“Todavía no sé exactamente qué voy a hacer.

Sería imposible decir ahora que voy a regresar y voy a construir algo específico, porque todavía tengo mucho que aprender.

Pero sí tengo una visión.

Quiero que Panamá sea un centro tecnológico, económico y financiero del mundo. Quiero que nuestro país esté entre los que van adelante en tecnología y economía.

No sé todavía exactamente cómo voy a contribuir para conseguirlo.

Pero quiero aprender todo lo que pueda y regresar para aportar”.

El verdadero premio

Quizás ahí está la esencia de la historia de Lucas Castillo.

Su mayor logro no comenzó cuando recibió una oportunidad para estudiar en Yale. Tampoco comenzó cuando ganó una competencia internacional.

Comenzó mucho antes.

Comenzó cuando un niño de seis o siete años tuvo la oportunidad de acercarse a la robótica y encontró un espacio para aprender, competir y descubrir su talento.

Las oportunidades de formación STEAM, la experiencia en FUNDASTEAM y las Olimpiadas de Robótica fueron parte de ese camino.

Pero también lo construyeron las derrotas.

El puesto 27.

Las frustraciones.

Los nervios.

Las largas jornadas de preparación.

Los momentos en los que quiso abandonar.

Y, sobre todo, la decisión de continuar.

Hoy, con 18 años, Lucas está a punto de comenzar sus estudios en Yale. Su historia demuestra que el talento necesita oportunidades, pero también necesita disciplina, perseverancia y confianza.

Se marcha para aprender y crecer. Sin embargo, también piensa en regresar.

Su meta no es solamente construir su propio futuro. Quiere aportar algún día al desarrollo tecnológico y económico de Panamá.

Un mensaje para los jóvenes panameños

¿Qué le dirías a un joven panameño que tiene un sueño, pero todavía no sabe hasta dónde puede llegar?

“Que no se limite.

Muchas veces nosotros mismos somos los que pensamos que no podemos hacer algo, que no tenemos las oportunidades o que no somos suficientemente buenos. Pero hay que intentarlo.

Si hay algo que te interesa, búscalo, aprende, compite, equivócate y vuelve a intentarlo. No tienes que saber desde el principio qué vas a hacer con tu vida. Yo tampoco lo sé todavía.

Lo importante es aprovechar las oportunidades que aparecen y estar dispuesto a trabajar ellas.

Y también quiero decirles que no tengan miedo de fallar. Yo he perdido competencias, he tenido momentos en los que he querido abandonar y he tenido resultados que me decepcionaron muchísimo. Pero cada una de esas experiencias me enseñó algo.

No permitan que una derrota les diga quiénes son.

Si tienen la oportunidad de participar en algo como las Olimpiadas de Robótica, háganlo. Quizás descubran un talento que ni siquiera sabían que tenían. Quizás no ganen, quizás no vuelvan a competir, pero van a aprender algo que se van a llevar para toda la vida.

Yo tuve esa oportunidad en Panamá cuando era un niño y nunca imaginé hasta dónde me iba a llevar.

Por eso, si pudiera decirle algo a un joven, sería: no se limite, aproveche las oportunidades, confíe en usted mismo y atrévase a intentarlo. Uno nunca sabe qué puerta puede abrirse después de dar el primer paso”.

Lucas comenzó con un robot.

Pero durante estos 11 años terminó construyendo mucho más que máquinas.

Construyó disciplina, confianza y resiliencia.

Ahora comienza otra etapa. Yale será el próximo escenario de su formación. Pero Panamá sigue siendo parte de su historia y también de su visión de futuro.

Porque, más allá de las medallas, las competencias y una oportunidad para estudiar en una de las universidades más reconocidas del mundo, la historia de Lucas Castillo es la de un joven que encontró una oportunidad, decidió aprovecharla y ahora quiere convertir todo lo aprendido en una oportunidad para otros.

A veces, un primer paso puede cambiar toda una vida. En el caso de Lucas, ese primer paso comenzó con un robot.

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